Empatía: virtud si no es en exceso

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Las personas que saben ponerse en el lugar de los demás desarrollan mejores relaciones sociales, pero corren el riesgo de asumir los problemas de otros como propios y sufren más

 

El ser humano está programado para entrar en relación con los demás y sentir lo que ellos sienten. Los bebés se sincronizan con las emociones de sus padres. ¿Ha jugado alguna vez con un pequeñín a quedarse como una estatua? Al principio, los niños miran sorprendidos, luego intentan que el adulto se reactive y, si no lo consiguen, rompen a llorar. Es la empatía emocional. A partir de los 18 meses se desarrolla la capacidad de comprender e inferir lo que piensan los demás. Es la empatía cognitiva. La vida mental es fruto del diálogo continuo entre nuestra mente y la de los otros.

 

El proceso empático que regula esta interacción se produce en tres pasos: primero percibimos las emociones del otro, luego las reconocemos y, finalmente, proporcionamos las respuestas adecuadas.

 

La empatía está íntimamente ligada con la forma en la que cada uno regula las propias emociones. Aquellos que saben manejar mejor su estado de ánimo tienen más facilidad para empatizar y responder de manera equilibrada. Piense en un bebé llorando en mitad de la noche, la madre siente el malestar de su hijo, al levantarse tiene que manejar su propio cansancio. Sin empatía y sin autorregulación emocional no podría proporcionar el cuidado adecuado.

 

Existen diferencias entre hombres y mujeres a la hora de sentir compasión. En un experimento de la Universidad de Londres constataron que tanto los hombres como las mujeres reaccionan con empatía si la persona que sufre el daño se había comportado correctamente. Pero si saben que se ha comportado incorrectamente la situación cambia: las mujeres disminuían un poco su empatía mientras que los hombres eliminaban completamente la compasión. Los varones activan en su lugar el área cerebral que diferencia el «yo» del otro y se asientan con más firmeza en su propia perspectiva.

 

Los límites

La empatía está modulada por factores como la relación que existe entre las personas, la personalidad, la historia emocional de cada uno y el contexto cultural de referencia. Las personas empáticas tienden a gustar más porque enseguida comprenden lo que les pasa a los otros, tienen más capacidad de escucha y compasión, actúan de manera más eficaz y son más persuasivas.

 

Sin embargo, hay sujetos que tienen una total falta de empatía. No consiguen ponerse en los zapatos de los demás y los tratan con distancia. Éste es el caso de la personalidad narcisista, antisocial, obsesiva o límite que se inclinan hacia el egocentrismo. Y, por supuesto, los psicópatas que interactúan con los demás sin importar el sufrimiento. Otras personas sufren exceso de empatía. Son demasiado influenciables. Acaban agotadas, sobre todo, si están en la posición de cuidadores; es la fatiga por compasión. Corren el riesgo de desconectarse emocionalmente de sí mismos o asumir los problemas de los demás como propios, el trauma vicario.

 

Cómo desarrollarla

 

La empatía es una potente herramienta de socialización. Se puede aprender y modular.

 

  • Escucha activa. Pregunte y muestre interés. Resuma lo que el otro diga.

 

  • Ejercicios de sintonía. Sonría si le sonríen, permanezca serio si el otro lo está, sincronice su emoción con la del otro.

 

  • Póngase en sus zapatos. Imagine cómo sería un día en la vida de otra persona. Sin juicios.

 

  • Sea amable. Pregunte a los demás cómo están y qué les sucede.

 

  • Identifique la emoción. Por los gestos y luego verifique: “¿Te sientes triste?”».

 

  • Aprenda a consolar. Basta decir “te comprendo”, ¡sin dar consejos!

 

  • Preste ayuda. Utilice un día a la semana para apoyar a otra persona que lo necesita.

 

 

Cómo controlarla

¡Ojo con ser excesivamente empático!

 

  • Deje de escuchar. Concédase tiempo a solas.

 

  • Burbuja. Imagínese dentro de una burbuja donde las palabras no se oyen y nada de lo que digan o hagan fuera le afectará.

 

  • Deje que le ayuden. Permita que los demás también le apoyen.

 

  • Desconecte. Si ve que sigue demasiado la mirada del otro respire, cambie de postura y distraiga su atención unos minutos.

 

La tecnología y las redes tienden a empobrecer este impulso natural hacia los demás. Podemos sentirnos muy solos delante del teclado, conectados al mundo y desconectados de las relaciones vis a vis. Necesitamos la empatía para orientarnos hacia los demás, de manera que mejore la calidad de nuestras relaciones.

Fuente: El Mundo

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On octubre 22, 2017
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