Así tienen que jugar los niños: al aire libre, sin directrices y preferiblemente con otros niños

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  • Las vidas de los niños se organizan ahora en función de las de los adultos

 

  • Los expertos insisten en la importancia del juego, como elemento socializador

 

Una, dola, tela, catola, quila, quilete, estando la reina, en su gabinete… La melodía viene sola a nuestra cabeza y seguramente, al entornarla bajito, recordemos el olor de la tierra de aquel parque donde íbamos cada tarde a divertirnos con los demás niños o del campo donde los domingos jugábamos sin parar. A lo que fuera, a veces incluso sin juguetes, sólo hacía falta despegar la imaginación. «¡Otra vez me la quedo yo!», dice María. «¡Es lo que te ha tocado!», responde Álvaro. Los niños tienen que jugar todos los días. Porque luego, cuando sean mayores, eso es lo que recordarán. Por mí y por todos mis compañeros (por mí primero).

 

«El juego no sólo les da bienestar y felicidad, sino que tiene una función muy importante para ellos en su desarrollo armónico, físico, social y ético-moral. Se aprende a respetar las normas, a ponerse en el lugar del otro y a contar con los demás. Se aprende a ser ciudadano», afirma Petra María Pérez Alonso-Geta, catedrática de Teoría de la Educación de la Universidad de Valencia y miembro del Observatorio Infantil del Juego.

 

En 2012, esta profesora lideró el estudio Juego y Familia, en el que se observó que la actividad favorita de los niños en su tiempo libre era jugar con otros niños, más que cualquier otra cosa: el porcentaje alcanzaba casi el 90%.

 

«El juego es un medio de aprender y de experimentar con la vida. Es una necesidad para crecer, para crear, para inventar, pensar y entender», asegura Sonsoles Castellano, directora de Política Educativa del colegio San Patricio de Madrid. Lo recomendable es que los niños jueguen cuantas más horas mejor y que lo hagan, además, con otros niños.

 

Si echamos la vista atrás, podemos ver a los niños jugando en la calle, donde los deberes no generaban una tensión tan grande como ahora y no había tantas extraescolares. Y ya ni hablamos de nuevas tecnologías, ni de la famosa era de la inmediatez, ni del tenerlo todo a golpe de click.

 

Javier Ikaz y Jorge Díaz, autores de Yo fui a EGB, explican que «antes teníamos muchas menos cosas que ahora, eso hacía que cuidáramos todo como si fuese un tesoro preciado. Había más convivencia en la calle, partidos de fútbol improvisados con jerseys como portería o canciones que sonaban mientras jugabas a la goma y a la comba. En general, los juegos eran menos individualistas, hasta que llegaron las maquinitas… En la era EGB, nos pasábamos todo el día jugando en la calle y muchas veces sin ni siquiera juguetes, sino que nos inventábamos a qué jugar. Tras los dibujos del fin de semana al mediodía, bajabas a la plaza y sabías que allí estarían todos tus amigos, no hacía falta quedar».

 

 

Fuera de la calle

 

Está claro que el peligro ha expulsado a los niños de la calle, y ya no es seguro jugar en ella, pero no es sólo ese el cambio que se ha producido. «Los niños antes se organizaban su tiempo: salían del cole, merendaban y se iban a jugar. Ahora la vida del niño va en función de la del adulto», indica Pérez.

 

Como consecuencia de la vida que hemos decidido vivir los padres de ahora, apostilla Antonio Hernando, director de Ipsos Marketing, «los niños se enfrentan a un gran número de actividades extraescolares. No hay consenso si ahora o antes teníamos más deberes, lo que está claro es que tienen menos tiempo durante la semana para jugar».

 

En opinión de Castellano, «la forma de jugar de los niños no ha cambiado tanto como podemos creer, lo que ha cambiado son los entornos en los que juegan y las posibilidades que les rodean, pero no sus motivaciones ni su forma de entender el juego». El principal cambio que hemos introducido en la forma de jugar «es que la mayoría de los juegos están previamente programados. El tiempo de los niños está muy marcado por los planes que pensamos para ellos los adultos y no hay tiempo para el juego libre que permite imaginar, crear y equivocarse».

 

Otro de los cambios es la inclusión de las nuevas tecnologías, pero no debemos demonizarlas. «Para los niños no son nuevas. Ellos han nacido con ellas. Son una herramienta fantástica que nos hacen la vida más fácil y que han venido para quedarse. Pero ¡cuidado con su uso y su papel en el desarrollo infantil!», expone Amparo Moratino, del Departamento de Orientación del colegio San Patricio.

 

Los primeros que deben dar ejemplo son los propios padres. Como dice Ikaz, «siempre decimos que antes se jugaba mejor, en compañía y en los parques, pero luego potenciamos ese individualismo, siendo los primeros que nos enganchamos a internet y a los móviles; y eso es lo que ven e imitan nuestros hijos».

 

Podemos pensar que otro aspecto que ha cambiado son los juguetes en sí mismos, pero tampoco hay tantas diferencias. Según explica Maite Francés, responsable de Márketing de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes, hay juguetes tradicionales que siguen triunfando año tras año, en su versión clásica o actualizada, como los juegos de mesa, los de imitación del hogar o los de aire libre, mientras que otros incorporan las últimas innovaciones tecnológicas.

 

Los juguetes no dejan de ser objetos culturales, que, inmersos en una sociedad determinada, acaban reflejándola e incorporando sus novedades para resultar más atractivos. Hay algunos que nunca pasarán de moda, como los de mesa, los puzles o los de habilidades, como la peonza, que triunfan año tras año. La única diferencia es que, si antes eran trompos de madera, ahora se confeccionan en diferentes materiales y estilos. El último grito es el spinner, que no es un juego electrónico.

 

«Tienen que encontrar un elemento que les atraiga», afirma Pérez, «sus intereses no van sólo por estar con la tecnología, por lo que no debemos pensar que es lo único que quieren».

 

El verano es una oportunidad única para que los niños jueguen sin presiones, y con más disponibilidad de tiempo, pero las recomendaciones deben servir para todo el año, pues los niños tienen que jugar todos los días. Lo más importante es que el juego sea diverso y, dentro de esa diversidad, está el juego al aire libre. Cuando no juegan al aire libre, «se pierden la oportunidad de aprender activamente sobre el mundo que les rodea, de explorar y tomar riesgos. Los niños deben poder ser niños, correr, saltar, gritar, ensuciarse y explorar lo desconocido. El juego al aire libre es positivo para la salud y el desarrollo físico y, mientras juegan con sus amigos, aprenden habilidades de socialización, interacción, cooperación y negociación», señala Carol Coleman, coordinadora psicopedagógica de The British School of Barcelona.

 

No debemos pensar qué juego es el mejor, pues «el juego es productivo en sí mismo y, si va acompañado de actividad física, mejor», recomienda Castellano. La clave está en dejarles, como padres, que jueguen de forma libre y no tenerlo todo pautado.

 

Autónomos y responsables

 

Otro aspecto fundamental es la variedad de entornos con posibilidades para que a ellos les interese jugar. «Estar en la naturaleza, que es fuente inagotable de inspiración, y no me refiero a entornos lejanos a tu lugar, sólo cambiar de parque ya es una buena alternativa», apunta Castellano, a la vez que insiste en que la clave de todo está en la forma en que les ofrecemos los recursos con los que disponen hoy los niños para jugar.

 

Hay que ofrecerlos con posibilidades de que hagan elecciones y con márgenes de libertad que les permitan ser autónomos y responsables. «Como padres, hay que saber escuchar y saber limitarnos a lo que ellos nos quieran contar. No hay que preguntar mucho, sólo saber si han disfrutado y dejar que ellos nos cuenten».

 

Además, «los papás pueden jugar con sus hijos, favoreciendo así el vínculo afectivo y el desarrollo y la estabilidad emocional, pero sin dirigirles el juego; que sean los pequeños quienes lo hagan», añade Moratino.

 

Hay que enseñarles también a tolerar la frustración, a «hacerles entender que no todo puede ser instantáneo, que muchas cosas requieren un esfuerzo para conseguirlas; sólo así aprenderán a valorarlas más», aconseja Díaz.

 

Pero lo más importante de todo es que, al llegar las vacaciones, los niños jueguen con otros niños; y los padres deben hacer todo lo posible: «Que vaya al pueblo, a un campamento, que hagan actividades con los vecinos (que ahora no suelen conocerse) como ir con los adultos todos juntos a una piscina. Y una vez que están con otros niños, el juego está asegurado, surge espontáneo», finaliza Pérez.

 

Fuente: El Mundo

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On julio 10, 2017
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