Yo te curo, tú me curas

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  • En una residencia de mayores de Madrid, la ayuda ha hecho un viaje de ida y vuelta: muchos trabajadores estaban en riesgo de exclusión social o tienen una discapacidad

 

Donde, habitualmente, las personas están de salida, ellos están de entrada. Donde se suele creer que se respira el final, está todo lleno de principios. Donde, presuntamente, impera la soledad, se ha establecido un milagro recíproco. Sucede en El Berrueco, una pequeña localidad de la sierra de Madrid en la que, hace poco más de un año, se inauguró la primera residencia pública destinada a tratar personas dependientes con trastornos de conducta o con la enfermedad de Alzheimer.

 

Pero la bondad no termina ahí, porque en El Berrueco la realidad se expande: muchos de los empleados de la residencia son personas con discapacidad o proceden de colectivos en riesgo de exclusión. En El Berrueco el sufrimiento es un viejo conocido, y quienes lo pasaron mal y comienzan a pasarlo mejor son quienes se encargan de que los residentes tengan cubiertas todas sus necesidades: físicas, anímicas, vitales.

 

No cuesta encontrarlo. Junto a la plaza del ayuntamiento, en pleno centro del pueblo, se esconden más de 100 historias de desamparo y, al cabo, de superación. Llegaron poco a poco. Primero fueron siete, luego comenzaron a llegar de forma gradual, dos una semana, uno la siguiente, luego tres de golpe, y así. Cuenta Isabel Murillo, directora de la residencia desde su principio, que «todos los residentes tienen algo». Ese algo es un eufemismo de cortesía que esconde diversos trastornos mentales.

 

«Son en su mayoría personas que han vivido toda su vida en situación de calle». El eufemismo se instala de nuevo porque lo que «situación de calle» quiere decir es que quienes ahora viven en esta residencia de El Berrueco lo hicieron antes en las aceras de Madrid, en la Puerta del Sol, en la Plaza de España o en cualquier barrio alejado del centro de la capital.

 

Así vivía Luis. Hoy es posible conocer su rostro pero, hasta hace un año, era conocido en Madrid por llevar una larga barba blanca, y por no tener hogar. «Vivía en El Retiro, era muy conocido», detalla la directora, a quien después de comer Luis se acercará para preguntarle si necesita algo del pueblo, darse un paseo y, de paso, hacer el recado. En esto también es distinta esta residencia de El Berrueco. La imagen habitual en los hogares de mayores es la de un buen número de ellos en un salón, sentados, con la mirada perdida y un televisor al fondo. En El Berrueco no.

 

«Aquí hay libertad, los residentes pululan, se mueven mucho, no como en las residencias habituales, donde suelen estar en el comedor. Aquí van al gimnasio aunque no haya horario de terapia física. En cierto sentido son independientes. También tiene la peculiaridad de que la edad de los residentes es baja, a partir de 55 años», resume la directora, que es muy joven, como prácticamente todo el personal dedicado a la recuperación cognitiva, física y mental de los residentes: terapeutas, fisioterapeuta, psicólogos y psiquiatra.

 

Pero en una residencia de ancianos, como cualquier lugar habitado por mucha gente, hay otros trabajadores que hacen posible que todo funcione correctamente. Una de ellas es Esther, miembro del equipo de limpieza, 44 años, cinco hijos y una historia de violencia de género ya en el recuerdo. «Mi marido me abandonó cuando estaba embarazada de las mellizas, me quedé sin trabajo, perdí la vivienda, viví en una furgoneta estando embarazada, estuve de okupa en Móstoles, luego en la calle…», relata a este diario en uno de los salones de la residencia en la que más tarde, comerá el personal. Esther estaba acostumbrada a trabajar en la feria, de churrera, ayudando a su familia. Por ese trabajo recibía «la comida, pero no jornal». Luego el maltrato se lo llevó todo por delante, hasta que le salió la oportunidad de trabajar en El Berrueco, donde también se ha trasladado a vivir junto a cuatro de sus hijos; es más, el mayor de ellos ya trabaja también en la residencia, dentro de un proyecto de formación y empleo ofrecido por la misma empresa, especializada en residencias de mayores.

 

«Me encargo de la limpieza de las habitaciones, o de la lavandería o de las zonas comunes. Depende. Hice una suplencia el pasado septiembre y, en diciembre, me renovaron, así que me vine a vivir aquí, con cuatro de mis hijos, y el mediano se quedó en Leganés, con la abuela. Los compañeros son todos majísimos, no tengo problemas con nadie, y con María muy bien también». María es la gobernanta, la encargada de que todo funcione correctamente tanto en lavandería como en la cocina, entre otras tareas, y ella también es una víctima de violencia de género; unos «malos tratos psicológicos importantes». Ahora, en El Berrueco, campa a sus anchas. «Gracias a Clece he conseguido superar muchos baches… Tuve que salir de Madrid huyendo de una situación difícil, me fui a Málaga, pero mi situación económica era mala, así que volví a Madrid, donde me volví a encontrar la misma situación de maltrato anterior, les dije a mis responsables que debía irme, les conté mi historia y me dieron la oportunidad de venir aquí», explica.

 

Que está bien se sabe viendo su sonrisa. «Cuando tú has pasado por determinadas situaciones tienes una sensación distinta sobre lo que pueden vivir otras personas. El Berrueco forma ya parte de mi vida, mis hijos me dicen, de broma: ‘¿Por qué no te vas a vivir a la residencia?'». Sus hijos son Alba Miguel, 18 y 12 años, felices y a salvo. «El padre ya me dejó en paz, ya estoy tranquila, ya no tengo que mirar si alguien está tras de mí, si alguien me sigue. Aquí me ocupo del departamento de limpieza y cocina, todo el rato dando vueltas. Este sitio es especial, esto forma parte de tu vida, no lo puedes separar ya…».

 

Al contrario que María, Christian casi no se mueve de su puesto de trabajo durante su jornada laboral porque él es uno de los recepcionistas. Tiene 29 años y trabajaba con su padre en un taller pero una lesión en la espalda sucedida durante su infancia comenzó a darle problemas cuando tenía 22. «Me dolía la espalda, la pierna, cada vez tenía menos sensibilidad, estuve un tiempo de baja, luego regresé pero en 2011 volvieron los dolores y el tribunal médico me dijo que no podía seguir trabajando en el taller». Una discapacidad que obligo a Christian a no trabajar, pero aprovechó y se puso a estudiar, hasta que le salió curro en El Berrueco. «Pensé que no trabajaría nunca más…», reconoce.

 

Mari Carmen también pensó que su hermana no conseguiría salir adelante, y la de Loli es, sin embargo, una de las muchas historias de éxito de esta residencia que no lo parece. «Indigente total, con casa, pero como una indigente, así estaba hasta que vino aquí, porque yo no paro de decirlo, que nos ha tocado la lotería este año, nos hemos llevado el Gordo, ha pegado tal cambio, como si hubiera nacido otra persona…», explica Mari Carmen, que se quedará a comer en la residencia con todo el equipo técnico. La única queja de los residentes es que la comida está sosa, dicen que hay hasta «saleros de contrabando», y no acaban de creer que el personal come lo mismo que ellos. Todas las semanas ven películas en su espectacular sala de cine y suelen pedir filmes españoles.

 

Fuente: El Mundo

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On marzo 28, 2016
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