Un test psicológico para diagnosticar adicción a las tecnologías

Noticias Comments (0)

J.S., de 29 años, es un profesional de la comunicación. Tiene dos móviles, televisión interactiva, notebook, netbook, PC, disco externo, reproductor MP3, DVD portátil, cámara digital y consola de juegos. “Siento que me muero sin los teléfonos; jamás los apagaría, se inventaron para estar siempre comunicados”, grafica el joven y reconoce que pasa horas en internet buscando tecnologías de última generación; piensa constantemente en juntar dinero para comprarla o en cuánto tiempo falta para que tal o cual tecnología llegue al país.

 

Según los especialistas, la sensación de vacío y soledad que J.S. experimenta al perder contacto con sus aparatos revela un uso conflictivo de la tecnología. Por definición, la “tecnoadicción” refiere al uso patológico o la dependencia de las tecnologías de la información y comunicación (TIC). Es una adicción comportamental, esto es, la realización de una conducta que por sí misma no es perjudicial, pero que se torna problemática por su ejecución excesiva y/o compulsiva. “Es un patrón conductual que produce malestar o deterioro en la vida del sujeto que lo ejecuta”, aclara Leticia Luque, investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

 

En la actualidad, sus consecuencias parecen pasar inadvertidas en la sociedad. Si bien el tema despierta interés en la comunidad científica, todavía es difícil identificar los signos propios del trastorno para poder diagnosticarlo. Por este motivo, Luque y Emanuel Aramburu elaboraron un instrumento de medición que permite detectar la adicción a la tecnología y clasifica a los sujetos en “usuarios”, “abusadores” y “dependientes” (uso patológico). La herramienta ya se aplica en estudios descriptivos sobre la problemática.

 

La Escala Diagnóstica de Adicción a la Tecnología delineada por Luque consta de 37 afirmaciones, entre las que figuran algunas como “Solo cuando uso internet (por ejemplo Facebook) me puedo olvidar de situaciones desagradables y/o conflictivas de mi realidad”; “Me siento aislado cuando no tengo o no puedo usar mi teléfono móvil”; “Considero imprescindible tener TV en mi habitación”; “Cuando me siento aburrido o solo, comienzo a enviar SMS”; “Siento que me falta algo cuando el ordenador no está encendido”.

 

La persona indagada debe asignar a cada una de esas frases un valor que puede ser “totalmente de acuerdo”, “de acuerdo”, “en desacuerdo” y “totalmente en desacuerdo”. A cada respuesta, el especialista le asigna un valor que, sopesado globalmente, permite determinar el uso abusivo y patológico de las tecnologías.

 

“Un tecnoadicto no necesita ser un adicto a la televisión, a los videojuegos y al teléfono; basta con que sea un abusador de todo o adicto a una y abusador de otras, porque su existencia gira en torno de un objeto: la tecnología, sin importar cómo se llamen los dispositivos”, aclara Luque.

 

De todos modos, los resultados del instrumento deben complementarse con observación de comportamientos (horas y tipo de uso diario); indagación sobre posesión y adquisición de T.I.C.; evaluación de consecuencias físicas, sociales, vinculares, económicas y psicológicas derivadas del uso, además de una valoración del estado emocional.

 

Según Luque, a nivel internacional existen distintos test y cuestionarios que miden este tipo de adicciones, pero que consideran cada tecnología de manera independiente y describiéndolas por separado. “Nosotros hicimos un instrumento que mide cuatro adicciones tecnológicas por separado, más el rasgo de personalidad búsqueda de novedad, y un factor de segundo orden que mide adicción a la tecnología como un todo”, completa.

 

Respecto de los factores que confluyen para desencadenar esta patología, Luque menciona la existencia de problemas emocionales como depresión, ansiedad y soledad, así como rasgos de una personalidad impulsiva, introvertida y rígida. No obstante, reconoce la influencia de estímulos externos, como la falta de comunicación, la cultura consumista, la gran disponibilidad de productos, el abaratamiento de los costos y lo perecedero de las TIC. “Son el caldo de cultivo para generar nuevos adictos cada día”, sintetiza la investigadora.

 

Sobre el tratamiento, asegura que el primer paso es diagnosticar correctamente y aclara que exigir la abstinencia total para romper el ciclo adictivo es un error. “No se puede impedir el uso de la tecnología en un mundo del que ésta forma parte en todos los ámbitos. Aislar al paciente de las T.I.C. es impensable y, si fuera posible, se lo estaría convirtiendo en un analfabeto funcional”, advierte. Propone, en cambio, eliminar el comportamiento desadaptativo mediante la modificación de pensamientos, actitudes, valores y la creación de un nuevo estilo de vida que consista en usar tecnología pero sin depender de ella.

 

En su experiencia, es una enfermedad difícil de afrontar. Estudios demuestran que muchos tecnoadictos padecen también otras patologías relacionadas como la ludopatía, la adicción al trabajo, o a la compra compulsiva.

 

La escala de tecnodependencia es un instrumento útil para evaluar el uso abusivo y patológico de las T.I.C. y permite diagnosticar trastornos en relación a ellas. Fue creada en el marco de un proyecto apoyado por la secretaría de Ciencia y Tecnología de la UNC en el período 2010-2012. Sin embargo, no detecta el sistema cognitivo que originó y mantiene esas adicciones. Por este motivo, y como complemento, Luque elabora y ajusta una nueva escala que permitirá detectar las creencias adictivas de los sujetos en torno de su objeto de consumo (tecnología) y que tendrá valor en el ámbito clínico en forma exclusiva.

 

“Como en otras adicciones, las personas presentan un conjunto de creencias distorsionadas que les permiten justificar (para sí mismos y con los demás) su comportamiento. Detectar este sistema de creencias permite frenar el desarrollo de la adicción en el abusador y plantear un tratamiento eficaz en quien ya es dependiente”, sostiene.

 

Existen cuatro tipos de usos de las tecnologías, según Luque. En el primer escalón se ubica el esporádico u ocasional, seguido del normal o instrumental (que corresponde a su uso como herramienta). El uso abusivo, en tanto, precede a una posible adicción; es el que comienza a hacerse intensivo, excesivo y sin percepción de las consecuencias negativas. Finalmente, el uso patológico se produce cuando, a pesar de tener conciencia del impacto negativo, el hábito está descontrolado. Peor aún, para el paciente ser consciente de que practica un uso problemático le genera angustia y la única forma de liberarse de esa sensación es consumiendo más, lo que provoca un círculo vicioso.

 

A lo largo de sus estudios, Luque detectó interacción de usos excesivos de una o más T.I.C. “Hay personas que están jugando con consolas y a la vez juegan online con el ordenador, a continuación dedican algunas horas al chateo con amigos y de allí pasan a ver televisión. Son apegados a la tecnología en general, usuarios problemáticos pero que no llegan a ser patológicos”, explica la profesional y completa: “De allí que el concepto con el que comenzamos a trabajar es el de ‘tecnoadicción’ o adicción a la tecnología como un todo”.

 

Sobre el potencial adictivo de las tecnologías, la especialista explica que éstas son susceptibles de generar deseos patológicos de uso con frustración por falta de consecución; riesgo de aislamiento; consecuencias en la vida cotidiana; falta de conciencia por el uso excesivo del sujeto implicado y quejas del entorno social. “Los adictos a la tecnología o quienes están en vías de serlo, suelen incumplir con sus obligaciones laborales y académicas, pueden tener problemas legales como robo de dispositivos tecnológicos o de dinero para adquirirlos o para abonar abultadas facturas de gastos derivados de su uso”, detalla.

 

La proliferación de alternativas tecnológicas provoca una incesante conexión con dispositivos electrónicos y nuevas tecnologías digitales. Esta naturalización que viene produciéndose a gran escala social, comienza a ser la preocupación de distintos especialistas. “Se trata de una problemática que requiere de acciones inmediatas”, afirma Luque. Y explica que el conflicto radica en el gran impacto que las T.I.C. tienen a nivel social y la “falta de conciencia del problema”. El entorno social por lo general no identifica la conducta disruptiva, por desconocimiento del potencial adictivo de las T.I.C.. “El panorama se complica aún más ya que las conductas de uso compulsivo de tecnologías son reforzadas positivamente y los adictos gozan de un prestigio inmerecido”, agrega Luque.

 

Fuente: Noticias de la Ciencia

Pin It

» Noticias » Un test psicológico para diagnosticar...
On mayo 18, 2015
By

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

« »