El Cambio

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El cambio. Algo por lo que todos pasamos constantemente, y sin embargo, algo que nos asusta y nos bloquea.

Cambiar es inherente a todo lo que nos rodea, incluyendo a las personas, como dijeron en Grecia hace más de 2400 años. Aparte de la filosofía, desde la psicología podemos plantear algunas reflexiones que nos pueden, en el peor de los casos, hacer pensar un poco.

Con frecuencia escuchamos que alguien se ha cambiado de domicilio, o incluso ha emigrado; una pareja se ha casado, se ha ido a vivir bajo el mismo techo o todo lo contrario: se han separado; oímos que alguien se ha quedado en paro, o que otra persona se ha jubilado después de 35 años trabajando. Éstas y otras son situaciones que requieren de una adaptación de quienes las afrontan, implican nuevas rutinas diarias, modificar las antiguas, adoptar distintas perspectivas, revisar los propios valores e intereses y rehacer su jerarquía, etc. Los grandes cambios marcan nuestras vidas, y posiblemente a nosotros mismos –en alguna medida-.

Una persona puede reflexionar y pronosticar los resultados de sus decisiones, y teniendo bajo control todos los factores y variables relacionados, cuando finalice el proceso se encontrará en una situación muy cercana a la deseada.

Cuando no nos planteamos un pronóstico de las consecuencias de nuestras decisiones, los efectos de las mismas nos pueden llevar a situaciones desagradables y poco deseadas, en las que el sentimiento de culpa por no haber obrado de otra manera nos atenace. Así, ante la siguiente situación de decisión podemos permanecer paralizados, esperando a que las cosas cambien por sí solas, sin intervenir, dejándonos llevar por la marea.

Decidir y afrontar el cambio, y en especial propiciarlo, iniciando el camino en una dirección distinta a la que se lleva, es algo que en general nos hace sentir muy mal por la incertidumbre que genera. No saber qué va a pasar es una de las principales fuentes de malestar para el ser humano. Esa incertidumbre es la que nos bloquea cuando no nos fiamos de nuestros pronósticos a la hora de tomar decisiones. Experimentamos nuestras inseguridades, afloran los problemas de autoestima, recordamos los errores anteriores… Finalmente, aplazamos la decisión. Es obvio que solo puede equivocarse el que decide, pero no hay otro camino para acertar.

Es interesante pararse unos minutos a pensar en cómo le han ido las cosas a personas que un día fueron despedidas o sufrieron una ruptura de pareja, por poner dos ejemplos. Seguro que entre todos los casos que conocemos, podemos identificar algunos en los que aquello no significó la destrucción de la persona. Es más, escuchamos aquello de “realmente me hizo un favor, porque pude darme cuenta de lo que realmente quería en mi vida”. Los cambios que anticipamos como catastróficos pueden resultar verdaderamente provechosos si somos capaces de adaptarnos a la nueva situación.

Por otro lado, cuando los cambios nos son propuestos o impuestos actuamos como resistencia al cambio. “¿Cómo va a ser mejor hacer las cosas como me dices? Llevo mucho haciéndolas igual, y las hago bien (a mi manera)”. La flexibilidad cognitiva nos permite acceder a otras perspectivas de la realidad, aceptarlas y hacerlas propias. Cuando las cosas no salen exactamente como queremos, poder relativizar y restar importancia a la diferencia entre lo deseado y lo que se tiene puede suponer evitar un problema de ansiedad o depresión.

Una posible secuencia sería la constituida por la toma de decisión, afrontamiento del cambio y adaptación al mismo. En cada uno de estos tres puntos podemos encontrar dificultades, pero siempre son superables. Lo apropiado es identificar el eslabón débil y trabajarlo.

 

DANIEL SÁNCHEZ MARTÍN

Neuropsicólogo de GrupoCambia

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On abril 14, 2013
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